By: joelabonia On: noviembre 19, 2016 In: MAS Comments: 0

En un pueblo lejano, vivía una señora de edad, quien lavaba la ropa en el pueblo. Era su trabajo que, por cierto, hacía de la mejor manera. Por supuesto, como estarás imaginando, en aquel lugar no existían las lavadoras, por lo que todos los habitantes del lugar requerían sus servicios. Desde los hombres con más dinero hasta los que tenían menor capacidad.

Un día, uno de los hombres con más dinero salió de viaje. A su regreso, traía una caja algo extraña para todos en el pueblo, parecía una máquina. Muchos se acercaron a la casa de aquel hombre a preguntar, ¿De qué se trataba esa curiosa caja? El hombre muy amablemente explicó a cada uno que, la máquina, era una lavadora y les convenció de que les ahorraría mucho dinero y trabajo. Los más conservadores se enojaron un poco, pues no creían que una máquina pudiera realizar el trabajo que, con mucha eficiencia, la anciana hacía.

Mes tras mes empezaron a llegar más de esas famosas cajas al pueblo, cada vez era mayor el número de familias que contaban con el privilegio de tener una lavadora en sus casas, y cada familia iba convenciendo a más familias que esta era su mejor opción. Pronto, este lugar se llenó de máquinas que, poco a poco, fueron dejando de lado a la anciana, de quien se sabía cada vez menos en las calles. Aunque todos pensaban que era lo mejor, “dar descanso a una pobre mujer que ya había cumplido su ciclo”.

Hasta que en un momento surgió un gran inconveniente, pues la lavadora cumplía su función, dejar la ropa “limpia” y además con un buen aroma, pero no cumplía la función de la señora que era quitar las manchas. Por más que lo intentaban, la lavadora no lograba reemplazar el trabajo eficiente de unas manos con experiencia. En el pueblo se extrañó a aquella mujer, por lo que uno de los hombres con menor capacidad de dinero acudió a su casa. Al llegar se encontró con una sorpresa, la anciana estaba sentada afuera de su casa, cuando lo vio a lo lejos se levantó y sonrió. Al acercarse le dijo tiernamente “sabía que este momento llegaría, simplemente te estaba esperando”.

En ocasiones nos volvemos como aquella gente del pueblo, que prefieren ahorrar tiempo y energías, tú y yo creemos que solos vamos a poder, que en casa podemos arreglar las cosas, que la lavadora (en tu caso sería: tus fuerzas, tus habilidades, tus facilidades) puede solucionarlo todo, pero no es así. Con el tiempo te das cuenta que necesitas manos expertas, porque tu ropa se va ensuciando y no es suficiente echarla a la lavadora. La otra opción es que te acostumbres a vivir con tu ropa sucia y aprendas a disimularlo y te pierdas la oportunidad de sentirte y verte limpio.

Como aquella anciana, las manos expertas saben que las estás necesitando y te están esperando. No tardes más, solo debes ir a su casa y buscar su ayuda.

¿Qué tipo de lavado prefieres? ¡No te conformes!

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